El mundo según Monsanto: agricultura sin agricultores
Autor: José Guadalupe Isabeles Martínez
Miercoles 09 de Junio del 2010
No recuerdo cómo llegué hasta aquí, únicamente que observé a Carmen Aristegui entrevistando a la periodista francesa Marie-Monique Robin, presentando su libro: El mundo según Monsanto: de la dioxina a los OGM, una multinacional que les desea lo mejor (2008). Me capturó que Monsanto monopoliza la mayor parte de los alimentos transgénicos mundialmente (léase semillas), apropiándose así de la cadena alimenticia, y finalmente de los pueblos.
Creada por John Francis Queen (1901), que rindiendo homenaje a su mujer, Olga Méndez Monsanto, estableció esta empresa con actividades de químicos. Históricamente la multinacional ha desarrollado un expediente delictivo, desde la contaminación de ríos y medio ambiente, hasta la desaparición de pueblos enteros como Times Beach, que representa 'uno de los mayores escándalos de la dioxina en Estados Unidos.'
No hace mucho (2002), Monsanto negoció una demanda que ya estaba perdida, proponiendo '700 millones de dólares' como indemnización para víctimas y para descontaminar un lugar llamado Anniston (EU), por su negligencia en el manejo de PCB, ocasionando que bebés 'nacidos de madres contaminadas,' presentaran importantes retrasos mentales, e 'índices de cáncer de hígado quince veces mayores' que la población normal.
Respecto a los organismos genéticamente modificados (OGM), o transgénicos, que Monsanto controla, coexisten quienes afirman que son buenos; quienes les señalan contraproducentes para la salud de las diversas especies; o quienes consideran que no son tan malos, pero que sí podrían tener ciertas consecuencias patológicas.
Una verdad es que los transgénicos vienen practicándose desde hace siglos. Al momento de cruzar una planta con otra, o un par de animales, ello implica una modificación genética, inclusive refleja cierto tipo de tecnología.
Pero el punto crucial es la manipulación genética de una semilla. Si Monsanto 'descubre las bondades' de uno de los genes del maíz, por ejemplo, haciéndole más resistente, digamos a una plaga, la multinacional inmediatamente le patenta. Asimismo, lo que se discute en la obra son las consecuencias para la salud, y es que se expone que la manipulación genética por más científica que sea, no es exacta, y es de ahí de donde derivan los problemas.
Si un agricultor compra sus semillas, al cosechar éste no podrá guardar aquellas que surjan de la cosecha, menos volver a sembrar. Tendrá que pagar a Monsanto. De no hacerlo, le costará varios juicios en cortes estadounidenses que arruinarán su vida entera, de lo que se narran muchos casos en el libro.
Si usted tiene una hectárea donde no utilizó pesticidas de Monsanto, por ejemplo, y la hectárea de su vecino sí, con toda seguridad su cosecha se ‘contaminará’ de la cosecha transgénica de su vecino (mediante el viento), derivando en que su trigo, por ejemplo, contenga los genes patentados de Monsanto. Usted tendrá qué pagar, le guste o no.
Las prácticas nada éticas de Monsanto debilitan la soberanía alimentaria de las naciones. Tanto así que, hoy ya imponen al mundo cómo y qué hay que cultivar. La lectura del libro es que, los transgénicos son perjudiciales para la naturaleza y el hombre, aunque no hay estudios terminados, debido al poder del dinero, que no ha permitido el libre desarrollo de éstos.
Sin embargo, día tras día nos alimentamos de tales productos sin advertirlo; millones y millones de personas mueren de hambre cada año; y las condiciones actuales de la agricultura no dan para más. Y entonces la pregunta a responder sería: ¿habrá qué evaluar los costos y pagar el precio?
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